Aliosha, un artista marcial – Página 12

Aliosha sufrió un ataque de drones.

El alma sintió la vibración general en su estructura que, más que consolidada, se había mantenido en equilibrio precario gracias a los contrafuertes con que su inteligencia y su erudición, fueron afrontando los altos riesgos del desplome. Había compuesto una especie de baluarte anárquico hecho con continuas adecuaciones provisorias (para siempre) como suele acontecer con los oficios de cualquier operario vernáculo. Y la ciudadela en la que medraba seguía en pie.

Los drones se abalanzaron en una bandada estridente lanzándose como agujas a tal punto que, en algún trance, sintió que sólo quedaba capitular y entregarse al impiadoso destino. Eran ataques que lo remitían a los pinchazos lacerantes que recordaba de la niñez, infligidos, entre otros, por su mamá.

Es que sus tres hijas se habían conjurado para que no vendiese el refugio que tenía junto al mar bronco de Quequén. Es verdad que Aliosha, cuyo nombre resultó de los amoríos de su madre con alguien ignoto mientras leía con fervor “Los hermanos Karamasov ―según su hijo un recluso liberado y puesto a camionero o un asalariado de la Drug Enforcement Administration”―, procedía con orden errático en lo referente a sus proyectos. Ya había cambiado reiteradamente de domicilio y entre comprar y vender una propiedad mediaba el torbellino de sus razones. Sus negocios se compensaban y a veces ganaba alguna pérdida.

Las nenas de veinte y dieciocho (las menores eran mellizas) se enconaron contra la decisión de su padre apenas la escucharon bajo el tórrido sol del verano rosarino, mientras contemplaban el río en “La Florida” desde la guardería de kayaks.

Allí comenzó el ataque que se manifestó viniendo desde la isla y por el cielo refulgentemente implacable como una bandada de jejenes cuyo objetivo era el baluarte inexpugnable hasta ese momento. Pareció que Constantinopla caería.

Él atinó diciendo que estaba cansado de ocuparse de la propiedad ―la única que tenía― y de que ellas solo fueran cuando su hedonismo, que no se contrapesaba con algún esfuerzo nimio para mantenerla, se los pedía. La casa se caía a pedazos y Aliosha, cuando iba por unos meses, la observaba con su negligencia analítica. Llegó, por fin, a cansarse, no de la desidia, sino de los seres que habitaban en las proximidades con quienes había departido amablemente hasta que lo pudo el hastío. Había que buscar un nuevo horizonte y les propuso comprar una Van y adecuarla como motorhome.

Fue entonces cuando el enjambre de drones descargó sus saetas sobre la humanidad esmirriada y forzuda de Aliosha.

Fue sagaz, no procedió como en el último sitio de Constantinopla, y decidió abandonar la parada emulando a los artífices del lenguaje que urdió su nombre. Siempre le gustaron los rusos capaces de abrazar y dejar Moscú, los rusos de verdad, no como a su madre.

Se retiró a caminar por las calles sombreadas de La Florida en dirección a la Plaza Alberdi, “la plaza del pueblo” como le gustaba decir. Ingresó por la esquina de Maza, enfrente de la iglesia.

―Siempre cambiando, siempre con ideas descabelladas. La abu tenía razón, ahora nos quedamos sin la casa de Quequén ―se comentó entre las chicas que se quedaron en el bar de la guardería.

Aliosha iba hosco y fosco en sus consideraciones, ya lejos del ataque celeste que no se atrevió a penetrar ciudad adentro, cuando un hombre más joven, moreno, lijado por la intemperie, que venía de frente a paso enérgico, lo hizo detenerse en seco. Vestía un pantalón cargo apretado y una camiseta amplia, roja y sin mangas. Llevaba un bolso de plástico negro. Al detenerse el hombre, tan delgado como él mismo, el pesado mechón de pelo sobre la frente, lo observó entusiasmado y manso.

―¿Te gustan las artes marciales?

―¿Cómo?

―Si te gustan las artes marciales

―Parctico algo.

―Mirá lo que tengo en el bolso. Mirá.

Un poco desde arriba ―era más alto― Aliosha observó el contenido.

―Mirá, mirá, mirá. ¿No son hermosas?

―Están buenas.

―Sí, son hermosas, yo las amo, las amo.

Dentro del bolsito había una batería de armas orientales entre las que se contaban dos nunchakus, varios shurikenes de diferentes diseños, una pareja de sais y una manopla.

El entusiasmo exhibía su arsenal, como el de un niño con su juguete nuevo. Aliosha, entretenido, ablandó un rostro de interés y una sonrisa.

―¿Viste qué buenas que están?, ¿querés parcticar un poco?

―Dale, sin las armas.

Comenzaron a ejecutar patadas de frente y de constado, agregaron giros, mientras comentaban los modos para la producción de poder. Después de unos veinte minutos donde se alternaron ataques y defensas se detuvieron. Mientras guardaban una posición de preparación para el combate, la misma centella pasó por ambas miradas.

El perro que echaba su indolencia debajo de un ligustro disciplinado levantó la abrupta cabeza. Los hombres comenzaron a alternarse en los ataques. Y a acercarlos peligrosamente a sus objetivos en el cuerpo del otro. Los puños y los pies se sucedían en la inminencia de la proximidad y cambiaban alternativamente la dirección de sendos jopos.

Entonces comenzó el verdadero combate. Los rostros mudaron a una severidad resuelta en los ceños y las mandíbulas tensas, prometiendo el entrevero. El perro abandonó la laxitud de su puesto con un salto y se incorporó a la lid. Los ladridos, en tono y volumen, matizaban los arrestos y alguna patada motivó un aullido. El vilo del combate detuvo el mediodía, sino para todo el barrio, por lo menos para esos tres. No ahorraban gruñidos, ni pólvora ni nitroglicerina.

Hasta que se cansaron.

―No juego más.

―¿Por?

―Estoy cansado. No tengo más ganas.

―¿Por?

-Este pantalón me cansa, es muy angosto y me raspó los huevos.

―Bueno.

Se auscultaron un instante.

Siguió una palmada escueta y comenzaron a desgranarse las sonrientes exclamaciones.

―Estuvo buenísimo ―decretó Aliosha ―Yo tampoco quería seguir jugando. Paso a otro juego. Gracias flaco, qué haríamos sin las artes marciales. No hay dron que se las aguante.

―Seeee, ni hablar. Que se vengan los drones a ver qué hacen, no saben con quién se metieron. Chau flaco, la próxima practicamos de nuevo.

―Dale, dale, nos vemos.

El moreno cargó el bolsito y se alejó, a pasos ensanchados por la escaldadura, en dirección a Rondeau.

Aliosha recogió el celular que había dejado al pie del árbol mientras el perro, que se decidió por él, esbozaba lamidos cortos.

Miró el wasap.

―Papi, hablamos con las chicas y entendemos lo que planteaste. Nos deberíamos haber ocupado más. Si hay que venderla, dale.

Los dedos de Leo teclearon con cadencia de pianista.

―Voy a comprar el terreno de al lado así agrandamos el parque. Prepárense unas pizzas e inviten a sus novios si quieren. ¿Practican artes marciales? Ah, tenemos perro nuevo.

 

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