Yo no me muero nada – Página 12

Por Julia Samarc

Soy mitómana. Eso es lo que dicen mis conocidos, ya lo sé. Que se vayan a la mierda. Ustedes, que son mis amigas y que son un sol, también, me parece. Por algo me lo preguntó la chica que me presentaron en la última juntada, la coloradita que se lo pasa de actividad en actividad. Fue simpática, un poquito rara. Me cayó bien pero no me creyó demasiado. No sé si fue por mi fama o porque le dije que estaba gestionando una pasantía en la NASA.

Va a yoga, -tiene un rango muy alto, casi como si fuera una profesora- a natación, a danza -supongo que clásica- y seguía un curso de corte y confección. Eso último le encanta porque ya no quedan maestras de ese oficio y hay que aprovechar a las últimas.

Me dijo que la señora, que tiene noventa años, sabe muchísimo. Debe ser divina la vieja, ¿no? Me aclaró que trabajaba con moldes. Los moldes sirven para seguirlos al pie de la letra, así me dijo. Yo quise saber cuál era su trabajo. Me respondió que estaba cansada de su trabajo, que prefería no hablar.

Cuando me preguntó si yo era mitómana, le contesté que no, que, en verdad, yo soy una soñadora, que sueño despierta.

Eso, una soñadora, como me dijo mi papá que no faltaba ni un día a misa y que solo leía manuales porque las novelas, que yo sí leía, eran todas mentiras. ¿Saben?, mi papá me dijo que los poetas y los artistas mienten porque no soportan la realidad, Y que para eso está Dios. Por eso leía manuales nomás.

Yendo al grano, soy una soñadora. Yo le dije que sueño despierta y por las noches sueño dormida. Eso, soñar dormida, no es tan fácil como podría creerse. Porque los sueños no todos son agradables y además lo que sucede en esos sueños no lo maneja una. Tienen voluntad propia y una es objeto de sus caprichos, de sus veleidades, debería decir. En algunos casos su realismo y su lógica semejan la vida real, ¿vieron?, esta que estamos viviendo, a tal punto que no se sabe si ese proceso corresponde al mundo onírico o no.

Por otro lado, tengo que decirles que, formalmente, me fueron enviadas la fecha y la hora de mi muerte. Fecha y hora, así como lo digo. No es un sueño, en serio. Hace un mes más o menos. Fecha y hora exactas: 30 de noviembre de este año.

Al momento de enterarme no sentí angustia. Yo hice de cuenta que se lo estaban revelando a otra. Era otra yo que estaba representándome para recibir los mensajes. Lo recibí por e-mail. Era de una dirección conocida. Ya me habían mandado otros sobre asuntos de derechos humanos, en especial el derecho a la información y a las proyecciones. Normalmente no los leo, pero el cartelito me interesó. Asunto: fecha y hora de su muerte.

Al abrirlo, en negrita y en mayúsculas estaba escrito: fecha 30 de noviembre de 2025, hora 18.17. Nada más. Repito, no me angustié, eso era para otra, otra yo u otra como yo, no yo.

Me acordé de mi viejo, ustedes saben, y pensé que capaz que tendría que ponerme a rezar para ganarme, en mi caso, el santo sepulcro. Pero opté, apenas abandoné la cama, por hacer tareas más profanas: lavar ropa, limpiar el jardín de las hojas de los árboles. Me costó mucho, me acuerdo.

Después, mientras tomaba mis matecitos con coco le volví a mandar un e-mail a la NASA porque, del primero, no obtuve una respuesta procedente.

Me hice bastante amiga de María Eugenia y viene a visitarme seguido, ahora no pasa un día sin que venga. Antenoche soñé con ella, era una mujer que estaba en ese santuario histórico de Inglaterra: Stonehenge. Usaba una manta marrón oscura de lana pesada y el cabello emergía a ambos lados de la capucha que llevaba puesta. Yo me di cuenta de que era ella por la figura y por las manos tan blancas y grandes que mantenía unidas cruzando los dedos, abajo, sobre su falda. No sé por qué solamente ella iba vestida así, los demás llevaban túnicas blancas. Ella sabía que yo estaba cerca, pero se abocaba a lo suyo sin levantar la cabeza del piso.

Miento, después de un buen número de pasos la levantaba y miraba al cielo un instante y la volvía a bajar. Miento, al cielo lo miraba bastante y negaba con el rostro hacia arriba.

Como les decía María Eugenia viene diariamente a visitarme. Y nos ponemos a conversar. No sé porque insiste tanto en que me levante. A mí me gusta vivir así, mientras no moleste a nadie…

Ella ya sabe que salgo a hacer calistenia a la placita del pueblo o que salgo a correr bordeando la laguna. Tampoco entiendo bien porque me pregunta a qué hora salgo a hacer gimnasia. Siempre al mediodía, cuando hay sol y va poca gente porque, cuando hay mucha, me da vergüenza.

Pongo las plataformas de madera y hago la vertical, no digo que me quedo todo el tiempo que quiera haciéndola, pero duro bastante.

Anteayer corrí diez kilómetros, fue un día hermoso. No debería tener vergüenza porque las calzas que le compré a los chinos me quedan perfectas. Los chinos son tremendos, me hacen muy buena cola, chicas, bueno, ustedes saben. Ustedes saben que con ustedes no me da vergüenza hablar. Son mis mejores amigas, para eso hacemos las comiditas en casa.

Hablando de comida no entiendo por qué siempre me trae algo rico para comer, me va a hacer engordar como un chancho y chau calzas. Ayer trajo un rogel y no paramos de charlar hasta que se terminó, ella no paró y está flaca.

Tiene muy buenos músculos y una linda figura, un lomo bárbaro como quien dice. Pero yo tengo lo mío y no me dejo llevar por la tentación, así que apenas comí un poquito. Se lo morfó todo ella. Ahora se va a hacer un retiro de silencio, creo que es de una semana. Me dijo que es bueno que haga eso y no quedarse y venir cada día. Mejor, así no insiste siempre con lo mismo.

¿Qué les parece si el domingo les preparo un asadito? Es 30 y, como ven, no pasa nada con eso del e-mail. Debe haber sido una joda.

La manchita se fue, ahora está todo parejo según se ve.

En media me levanto y voy a la plaza, Hay que aprovechar el día. Anteayer no se pudo hacer nada con la tormenta. Yo alcancé a ver el ciclón en medio de la laguna. Se debe haber llevado lo que quedaba del hotel. Es como si estuviera viendo una foto del hotel en medio del remolino. Por suerte no llegó al pueblo. Los que se toman su tiempo son los de la NASA. Si me hicieran una prueba verían que soy apta.

Además, el equipo de médicos que me atendió me dijo que no tenía nada importante, que descansara. Debo reconocerles que se ocuparon de mí especialmente. Ojalá a los otros los atendieran así.

El doctor Valldemossa es como si fuera mi clínico. Está muy al tanto de mis análisis. Está bueno, siempre en forma y con esos ojazos azules, como los de María Eugenia. Me parece que le gusto. La próxima le voy a hablar de mis condiciones para los vuelos intergalácticos. Le va a interesar.

Lo voy a sorprender y me lo termino de levantar. ¿No me creen? Sí ya sé, ustedes quieren que abra la puerta, que me deje de tantas exigencias. ¿No les estoy diciendo que voy a ganármelo?

Espero que a María Eugenia el silencio le sirva para algo. Ahora va a dejar de visitarme.

Sería bueno que vaya a hacer gimnasia en un rato. Dormito media horita y después me desconecto el suero que me hace soñar todavía más de lo que siempre soñé.

Al final es apenas agua con alguna otra cosita. ¿No es cierto? Me desconecto y voy al parque. Dejo para la vuelta lo que tengo previsto leer, el artículo que me dejó María Eugenia.

A ver el título. Qué revista pesada, por favor, parece de plomo. Sí, lo puedo leer perfectamente. Dice Alberto Casas, el físico que sostiene que el libre albedrío es una ilusión creada por nuestro cerebro. Y que todo lo que va a suceder ya está escrito.

Bueno, chicas, descanso un poquito.

Publicación original aquí…