
Está muy nublado, más que en General Lagos, me parece. El viejo no quiso hablar, se quedó mudo casi todo el viaje, después que le dije. No hablaba, sólo miraba para adelante.
Si se llega a largar la lluvia me quedo en la estación de servicio.
Mejor me acerco ya al que paró… ahora mismo.
―Buen día señor. Tengo que ir hasta Buenos Aires. ¿No me llevaría?
―Ehhh…Mirá, voy a Baradero y tengo que entrar al campo, disculpame.
―Ok.
No quiso saber nada, este guacho. Por algo será. Como el que me trajo hasta aquí cuando le dije que había estado en el ejército,
Me quedo acá. Espero que éstos no me echen. No tengo facha de linyera. Ahí entra otro.
―Disculpe la molestia, amigo. Necesito ir a Buenos Aires. No me acercaría.
―¿A Buenos Aires?
―Sí, bueno, hasta donde pueda.
.―Bueno, anda de suerte. Espéreme que voy a comprar cigarrillos y seguimos.
―Sí, sí, me quedo aquí, lo espero.
―Las chicas del mini mercado estaban sacando un pedido para ese grupo. No me atendían nunca. Vamos nomás.
Qué pedazo de nave. No sé por qué, me hace acordar a mi viejo.
―Mirá, voy a tener una reunión por zoom, me pongo los auriculares y puede ser que cada tanto diga algo. Vos hace la tuya. Yo ya tengo que entrar. Hacé la tuya sin problema, si querés, dormí.
―No se preocupe, trabaje tranquilo.
Me hace acordar a mi viejo, tiene la cara grande como la de mi viejo y poco pelo negro, también. ¿Qué es? La cara grande, el poco pelo, la piel suelta y las manos con los dedos cubiertas de pelos negros y largos como las de mi viejo.
Y no dice nada. Otro que no dice nada, como mi viejo. Me llevaba al campo a la madrugada en pleno invierno y no abría la boca. Yo nunca sabía qué era lo que íbamos a hacer, no me explicaba. Qué tipo hijo de puta, no hablarme. Tenía que darme cuenta solo, No tenía más de diez años, menos. Me ayudaba a subir al caballo y ahí terminaba todo el contacto Yo no me atrevía a decirle que se me helaban las manos. Me dio el lazo aquella vez y me tuvo bastante paciencia. Me acuerdo de cómo se rio. Esa risa muda cuando lo enlacé y el ternero me tiró a la mierda. Y el siguiente me volvió a tirar a la mierda. Después vi cómo enlazaba mi viejo y cómo los paraba dando una vuelta con el lazo en el palenque. Los terneros se pegaban una ahorcada, se frenaban en seco, y caían patas arriba. Se reía, le gustó aquella primera vez. Se reía a la noche cuando se ponía en pedo. No era tan diferente. Y me hacía tirar los aritos del barral de la cortina para que los embocara en las botellas que iba dejando. Eran apenas más anchos que el pico. Yo también me reía. Embocarlos me resultaba lo más natural del mundo. No fallaba. Estaba para un circo, o la televisión. Era su momento, cuando se ponía en pedo a la noche y tocaba el acordeón. Al día siguiente yo ya no existía, no me animaba a decirle nada. Lloraba en seco toda la mañana
No está buena esta ruta. A mí, me gusta más la provincia en el sur, los campos ondulados y los montes viejos de las estancias. Y, no muy lejos, el mar. Lo pasé bien cuando me destinaron a Bahía y me enseñaron a tirar con el fusil. No lo podían creer. No me creían.
No te hagás el boludo zumbo de mierda. ¿Cómo que nunca tiraste?, me dijo el cabo, decí que ya sabías, si no te hago arrestar.
Me encerró bajo arresto y le avisó al superior. Nueve centros sobre diez tiros, seguro que le dijo. Para mí era natural. Me salía.
Mejor trato de parar con esto y de dormitar un rato. Me voy a poner a respirar.
¿Cuánto hace que estoy así? Y sigue en la reunión. ¿Hasta cuándo va seguir? Ya estamos llegando y éste tampoco me habla. ¿Qué pasa hoy? Todavía no le conté nada. Le voy a arrancar los auriculares así me escucha a mí, este hijo de puta.
Mirá, se los está sacando, parece que me hubiera leído el pensamiento.
―Discúlpeme. No podía salir de la reunión.
―No pasa nada, señor
―¿Así que va a Buenos Aires?
―A la Tablada.
―¿A la Tablada?, ¿Por trabajo?
―No, por trabajo ya fui. Y, ahora quiero volver por eso mismo.
―Ah, ¿a qué se dedica?
―Fui suboficial del ejército.
―Ah, mire. ¿Y ahora?
―Ahora no trabajo. Estoy retirado. Primero tuve licencia psiquiátrica, después me retiré.
Francotirador, fui, soy.
―¿Francotirador?…¿cómo es eso?
―Y, es como un don. Cuando el superior lo detecta, avisa y lo entrenan a uno. A mí no me hizo falta mucho entrenamiento. Yo entiendo al arma y ella me entiende. El arma y el hombre se tienen que entender como el caballo y el jinete. Tienen que ser una sola cosa. No falla.
―Comprendo un poco, mi viejo me enseñó a cazar, caza menor, digo, con escopeta.
―Es igual que eso, pero más elaborado, no son muchos los que tienen el don.
―¿Alguna vez tuvo que actuar?
―Sí, ¿sabe que los que mueren, cagan?
―¿Cómo?
―Sí, en el momento de la muerte se cagan.
―¿Siempre?
―Siempre. Yo estuve en el copamiento de La Tablada. ¿Sabe lo de La Tablada?
―¿Cómo no voy a saber?
―Yo estuve ahí.
Éste me va a preguntar, seguro.
―¿Y le tocó tirar?
―Sí, yo maté gente. En La Tablada, antes de que el ejército recuperara el cuartel. Dos minas, dos pibas que salieron a fumar un pucho, las boludas. La primera quedó ahí nomás, la segunda quiso meterse adentro, pero la agarré cuando abría la puerta. Cayó al toque, a dos metros.
―¿Y en ese caso, también les pasa eso?
―Sí, se cagan, seguro.
―No sabía.
―Estábamos escondidos entre unos árboles, éramos tres. Después de eso seguí ocho años más y me dieron el retiro. Yo cumplí con mi deber.
―¿Tuvo algunas otras misiones?
―No, se acabaron. Fuimos a juicio, se terminó.
―¿Usted vive en Ramallo?
―En Rosario, en la villa entre la circunvalación y 27 de Febrero, en la barranca, me habían acercado a la estación de Ramallo, ¿conoce ahí, dónde vivo?
―Sí, sí, más o menos, ¿nació en Rosario?
―No, soy del campo, cerca de Hughes.
―Y ahora ¿a qué va a La Tablada?
―Tenía que ir, ya me lo había dicho el psiquiatra. Tengo que ir, para eso voy. Quiero ver el lugar, saber si fui yo, quiero decir, si de verdad fui yo. Quiero sentir cómo era yo antes. Antes de tirar, ¿me entiende? Tengo que saber eso. Yo no soy ése, ahora, ¿cómo le puedo decir?, es que yo no sé si soy, quiero decir que no sé para qué estoy, ahora. En La Tablada me parece que me voy a dar cuenta y voy a ver qué hago con mi vida.
―Sí, sí, comprendo. Tranquilo amigo. Lo dejo por ahí. Ya estamos casi llegando.
―Si quiere, le dejo mi teléfono.
―Dígamelo, me lo voy a acordar. Ya llegamos.




