Hay delante un dejo de tristeza,
y detrás, el donaire del paciente
interés que lo acerca con la gente
y muy detrás el temblor de la fiereza.
Detrás, la ejemplar indiferencia
a la bala que chifla en la batalla,
y aquella disciplina del que calla
ante el juicio del sable y su inclemencia.
Detrás, la entereza conminada
del cólico que enfrenta la montaña
y del granaderito que sin saña
en las sombras emplaza la granada.
Detrás, El Rosellón, la voz regente
del indiano mandando en la embestida,
y aún la gran Bailen y la perdida
unión del insurrecto continente:
Chacabuco, Maipú, Cancha Rayada,
Lima para fundar la biblioteca,
Guayaquil por truncar esa hipoteca
que igual ha de pagar la tierra amada.
Detrás, la juventud y la apostura,
acordes de milongas y pinceles,
el “cuando”, el salón, los oropeles
y este cierto regusto de amargura.
Ahora, por delante, la escollera
del frío mar que sólo huele y brama
que siempre, ajeno y grave, se derrama
en el confuso gris de la ceguera.
El presto general, y por delante,
inquiere a la última tormenta
que, tan inexorable como atenta,
llega a puerto, puntual, como el amante
Toda la patria puesta en su mirada
y el amor, lo demás no importa nada.




