Embarcaciones – Página 12

Está agotado, no sabe si es capaz de llegar hasta alguna costa. Ha comenzado a sentir frío. Frío de verdad. Es un frío que le empezó con el cansancio. Un frío que va a aumentar. Si para se ahoga. ¿cuánto hace que va corriente abajo sin encontrarse con tierra? El oleaje alto no lo deja ver nada. No puede ver los taludes de tierra que hay hacia el oeste. Ni siquiera sabe dónde está el oeste. No pasan camalotes flotando, ni troncos que podrían ayudarlo a descansar. Tiene que probar ir hacia un costado. Es, ya, la última opción. ¿Hacia dónde quedan el oeste, el talud y la tierra seca? Hacia el este hay agua y más agua. Dobla. Es la última vez. Va a seguir de costado hasta que pueda. Ya no le importa.

Se golpea contra algo. Le duele. Algo muy rígido. Al sentir el dolor deja de nadar y enseguida se hunde. No se puede abandonar porque se ahoga y nada de nuevo. Hace el último esfuerzo que le recorre todo el largo del cuerpo como una descarga eléctrica. Levanta la cabeza y ve la tierra alta. Esa sí es la tierra alta.

Vuelve a golpearse. Le duele. Ahora se ha golpeado contra un poste enterrado. La retención repentina le permite cambiar de sentido y, de nuevo, intenta ir hacia donde debería estar el talud y la tierra seca. Traga agua y se sofoca. Aún siente el gusto dulce del agua. La corriente empieza a serenarse. Está aturdido. No sabe si lo que sucede es verdad o si es un sueño.

Empieza a sentir que se golpea contra cosas sólidas que están abajo. Siente lo sólido debajo.

Le parece que ha llegado a la tierra seca, que allí nomás está la tierra seca. Le parece que comienza a salir del agua. Se detiene. Falta mucho para que llegue la luz, es plena noche. En la costa se queda inmóvil, tranquilo. Desfallece.

Ya no siente el frío. No puede seguir allí, es peligroso. Busca con la mirada y ve la embarcación, ve muchas embarcaciones. Tiene que meterse en alguna para protegerse del frío. El verano está lejos. Va hacia la más cercana y se trepa. Siente como se trepa y se sorprende de lo fácil que le resulta, demasiado fácil.

Está abierta. Busca hacia el fondo de la proa y se desploma contra un tabique. Ahora sí puede descansar. Ya puede abandonarse, ahora puede volver a dormir de verdad. Apenas tiene fuerza para ovillarse y dejarse llevar.

Rubio es uno de los personajes de la guardería, en el buen sentido de la palabra, porque llega siempre alegre y haciendo algún tipo de comentario que invita a la risa. Sabe no tomarse en serio. Tampoco toma muy en serio su trabajo, ni siquiera el de limpiar su kayak. Le encantaría que alguien lo hiciese por él.

Se ha puesto la consigna de salir a remar los jueves. En eso es muy aplicado, como en lo referente a su presencia. Basta verlo una vez para darse cuenta: impecable, con los shorts más cancheros, con los vaqueros más actuales, siempre en la vanguardia de la moda.

Hoy jueves al levantarse se sorprendió de que hubiera sol después de semejante lluvia. Cierta pereza acumulada bajo la lluvia que llevaba varios días lo predispuso a quedarse en su casa tomando unos mates. Pero se dijo que tenía que ir, aunque soplase el sur, total el kayak se las aguantaba. Sintió que había algo raro en el aire, algo amenazante que no podía identificar, como una premonición que le decía no, no salgas a remar y mejor quedate en tu casa. Pensó cuál podía ser la causa y no encontró ninguna.

Cargó el salvavidas y salió rumbo a la guardería con su Logan gris. El cielo estaba impecable. Pero seguía nervioso y para serenarse se dijo que el ejercicio le haría bien aún si había oleaje.

Esta vez no se cruzó con nadie en la guardería, estaba desierta, como el mismo río. Extrajo el Kayak de la percha y lo llevó hasta la costa. No dudó en calzarse el salvavidas. No dudar lo puso un poco más tenso. Subió como siempre, rápido y sin revisar. Las olas empezaban a encresparse en el medio del canal.

Se despertó cuando ya estaban en el agua. Se despertó aterido después del sopor helado de la noche. No tenía idea de cuánto había dormido. Se dio cuenta de que se estaban moviendo. Tuvo miedo. Venía de salvarse de hundirse en el agua. Algo andaba mal. Era el hombre.

El hombre no había notado su presencia, pero estaba muy cerca de descubrir dónde se había refugiado. Sentía el peligro de ser descubierto. Lo asaltó un miedo salvaje, tenía que salvarse.

Con las olas que sacudían la embarcación el hombre no dejaba de mover los pies que se acercaban más y con más brusquedad. Se apretó contra el tabique para tener un punto de apoyo. Sabía que en el próximo movimiento el pie se le vendría encima. Apretado contra el tabique se arrolló sobre sí mismo, elevó la cabeza, fijó la vista, concentró su fuerza, sacó su lengua bífida dos veces y espero el inminente movimiento para morder y dejar que fluyera lo que guardaba para matar.

A Rubio la ola lo tomó de costado. Hizo escorar al kayak hasta el límite. Rubio clavó la pala en el agua y estiró la pierna derecha cuan larga era. Sintió la mordedura como algo caliente y agudo y alcanzó a ver, antes de que el kayak se diera vuelta, deslizarse velozmente a la yarará por el costado izquierdo y sumergirse en el agua. El río estaba desierto.

 

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