La ruta de Ortiz – La Revista del Siglo

Enrique Ortiz había llegado hacía menos de una hora. Consiguió habitación enseguida en la hostería en la que siempre se hospedaba. Le gustaba el ambiente modesto que le había quedado como residuo de otros tiempos, cuando la moda era ir de vacaciones por allí. Esa suerte de decadencia digna le parecía linda, como la mayoría de los viejos del lugar. Los viejos del lugar se veían tranquilos, con el aire de aceptación que dan los días largos y silenciosos.

Las camas vastas, las paredes rústicas y con adornos insignificantes le traerían recuerdos de su infancia pasada en las sierras de Córdoba donde las casas eran parecidas. .

Y cada vez que experimentaba la sensación de agrado al recordar la hostería, pensaba en el desayuno. Ese desayuno que incluía un tazón grande de café con leche y una cestita con medialunas de grasa, vastas como las camas, acompañadas con dos platitos con mermelada de durazno y dulce de leche. Era increíble que todavía los hoteles fueran tan baratos allí. Sería el exceso de plazas que se gestaron cuando estaba de moda.

Dejó el equipaje y el portafolio en su habitación y condujo bordeando la costa hasta alejarse un par de kilómetros. Allí muy cerca del parque, había un boliche encaramado sobre el farallón desde donde se veía la playa abajo y el mar abierto y plomizo.

Enrique Ortiz había llegado hacía menos de una hora a Necochea y ya estaba sentado en la mesa redonda junto a la pared y el ventanal. Ya había pedido el cortado y ya había encendido el cigarrillo que se disponía a saborear. Pero Enrique Ortiz se seguía sintiendo mal.

Era la misma ansiedad que lo había acompañado desde que empezara el viaje.

Al principio no le había atribuido ninguna importancia. Era, pensó, la molestia que siempre tenía antes de comenzar cualquier gira. Nunca había podido comprender bien qué ocurría. Por qué se malhumoraba tanto los días previos. Sí sabía que se la pasaba a poco de aplicarse a su trabajo. A veces antes, como cuando tomaba la ruta cuarenta y uno que cruzaba el este de la provincia de Buenos Aires después de pasar por Rosario. Desde que la habían reparado, la ruta se había vuelto muy ágil para el tránsito porque no entraba en los pueblos y porque no era de las más frecuentadas. Además las planicies y los bajos grandes de la provincia de Buenos Aires lo descansaban y le daban placer. Pero no esta vez. Iba apurado.

Asombrosamente tampoco encontró bienestar allí, frente al mar, en uno de los lugares que disfrutaba más. Seguía sintiendo casi lo mismo. No podía saborear el cortado ni las pitadas que repetía maquinalmente, una detrás de la otra.

Qué carajo pasa, masculló, y llamó al dueño.

Poca gente hoy.

Y, estamos fuera de temporada.

Usted no cierra.

No, alguno al mediodía o a la tarde siempre cae.

Pero hoy yo solo. Está raro el ambiente.

Le parece.

Será el viento. El viento norte.

Aquí casi siempre hay viento. Hoy sopla de la costa, del este.

Qué se yo. Yo siento algo raro. Usted no

No sé, puede ser.

Bueno, qué se yo, dígame cuánto le debo.

Enrique Ortiz pagó el cortado y encendió otro cigarrillo. Éste lo voy a fumar tranquilo, se dijo. Pero le fue difícil. El anterior le había dejado su regusto y el efecto del segundo no se dejaba sentir. Terminó apurándolo en dos pitadas largas y se levantó de la mesa. Decidió volver al hotel. No le quedaba otra que tirarse a leer o dormir hasta que se hicieran las siete para visitar a Del Piero.

Salió a la arena y se olió las axilas. Tenía el olor rancio de cuando se ponía nervioso y la transpiración fría a pesar del calor. Para qué carajo me apuro, se preguntó al abrir la puerta del auto.

Esa tarde no durmió nada. Apenas hojeó una guía de viaje que le habían regalado. No se concentraba en el texto, pero lo atraían los mapas de las rutas que conducían hasta Perú, pasando por Bolivia. Lo atraían, pero sin placer, como atrae lo repulsivo.

El no se dio cuenta, pero lo que le desagradaba era que los mapas se sucedieran retomando las rutas hacia el norte. Cuándo van a parar, se dijo indignado. Hasta dónde quieren ir. Cuando van a dejar de empujar.

A las siete fue al negocio de Del Piero que lo atendió, con esa mezcla de educación y sorna que Ortiz atribuía a cierto atavismo familiar, ya que las hijas, gemelas y sonrientes, hablaban igual que el padre. Son todos idiotas, pensó como siempre.

Cómo andás Enrique, lo saludó Del Piero remarcando la ese y el acento en la a. Cómo anda Córdoba.

Bien, y aquí, cómo está todo.

Y más o menos, la temporada floja. Hubo mal tiempo en enero.

Siempre igual, pensó Ortiz, siempre va a decir lo mismo.

No había mucho que reponer y tampoco demasiados títulos nuevos que le interesasen. Ortiz se limitó a tomar el pedido sin detenerse en los comentarios gastados de Del Piero.

Vamos a cenar esta noche.

No che, te agradezco, mañana salgo bien temprano.

Eh, no te quedás nada esta vez.

No, no, tengo que seguir.

Esa noche Ortiz durmió de a tramos cortos. Soñó siempre lo mismo. Veía una alfombra delgada que se iba desenrollando y que no se no se terminaba nunca. La veía siempre de costado y le resultaba hostil.

A la mañana siguiente le dio un trago al café con leche y cerró los ojos. Le gustó saber el gusto del café con leche. Untó una media luna con la mermelada de durazno y volvió a cerrar los ojos. También le agradó. Después pidió la cuenta, y enseguida sintió rabia.

Se va rápido esta vez Don Ortiz, le dijo el dueño.

Sí, tengo que seguir, tengo que seguir, le contestó como pudo Ortiz.

A poco de tomar la ruta a Bahía Blanca empezó a sentir algo en todo el costado derecho del cuerpo. Algo indefinible. Una presión como de agua, sólo del lado derecho. Esto debe ser la hemiplejia, se dijo como queriendo asumir lo peor. Porque se sentía enfermo y era de los que buscaban apurar el mal trago de un golpe. Aferró el volante para que el auto no se le fuera hacia la izquierda y trató de pensar en el mar que le quedaba de ese lado. El agua siempre le daba paz. Pero esta vez se imaginó zambulléndose en las profundidades, con auto y todo, empujado por alguna fuerza ignota.

Quería doblar hacia la izquierda y acelerar, pero la ruta se lo impedía. En las dos o tres curvas en que pudo hacerlo, sintió cómo se esfumaba la presión en su lado derecho y cómo volvía a molestarlo al recuperar la dirección hacia el oeste.

Ortiz siguió aguantando durante horas hasta que entró en las afueras de Bahía Blanca. Serían alrededor de las dos de la tarde y en lugar de buscar hotel enfiló hacia el puerto.

Necesitaba el mar. Ver el mar. Ver los barcos anclados en el muelle inmunes a la prisa y descansando en silencio. No le importaba el hotel ahora. Necesitaba ver el mar. No daba más

Ortiz venía acostumbrado a la velocidad de la ruta y a la ansiedad por llegar de una buena vez. Iba demasiado rápido.

Cuando se dio cuenta, estaba a pocos metros del muelle. Clavó los frenos y el auto se deslizó por el terreno ripioso y viró un poco a la derecha. Derrapó varios metros mientras Ortiz tensaba los músculos de la mandíbula y los del pecho al extremo.

El auto siguió hasta que la rueda derecha se detuvo sobre el granito del muelle, bastante lejos de una amarra y a un centímetro del borde.

Las glándulas suprarrenales le descargaron un río de adrenalina. Se le cortó la respiración y estuvo a punto de desmayarse.

Respiró como pudo y como pudo metió la marcha atrás ante la mirada atónita de dos marineros asomados a la proa de uno de los dos cargueros viejos que estaban amarrados.

Sintió un dolor agudo detrás de los ojos y en el cuerpo dolores difusos y profundos como cuando lo apaleaban en las prácticas de yudo. No tenía energía para avergonzarse frente a los dos marineros que seguían esperando saber qué pasaba.

Ortiz arrancó regulando. Estaba muy mareado. Metió la segunda marcha y se fue sin prestar atención al pistoneo del motor.

Para festejarse un poco, esa noche fue a cenar a un restaurante que no era barato pero que le agradaba. Se sentó frente al televisor y miró sin interés el partido que jugaban Boca y Banfield. No le gustaba el fútbol, pero se había acostumbrado a su compañía en los boliches solitarios de las giras. Pidió una botella de López tinto y vitel toné de entrada. Allí lo hacían muy bien. Después una suprema al roquefort. Era mucha comida, pero estaba ansioso. Bebió la botella demasiado rápido y apenas hizo sobremesa. Tenía necesidad de irse. Volvió caminando bastante afectado por el vino, dejándose llevar por las vacilaciones.

Se derrumbó en la cama y enseguida buscó el teléfono. Era un reflejo. Tenía la costumbre llamarla a los dos o tres días de iniciar una gira.

Hasta dónde vas, Enrique.

No sé. No sé bien. Tengo que ver. Depende.

Y cuando volvés.

Qué se yo, depende, viste.

Qué te pasa , Enrique. Estás raro.

No nada, nada, quedate tranquila, todo bien, mañana te llamo. Mañana tengo que seguir.

Al día siguiente tomó la ruta tres hacia Carmen de Patagones. La larga ruta que se internaba en la profundidad de La Argentina y que él conocía hasta cierto punto, en Chubut.

Enseguida lo sintió. Una presencia, atrás.

Empezó a mirar por el espejo retrovisor. Pero siempre veía la cinta asfaltada desierta. Nadie. Tenía que mirar adelante pero no le gustaba abandonar el control que hacía por el espejo.

Había que seguir. Era urgente. Urgente seguir. Tenía los músculos de la cintura escapular muy tensos. Rotó el cuello para relajarse.

Se puso a pensar en la frenada de Bahía Blanca y después en Bahía Blanca. Qué ciudad rara. Una mezcla de pueblo con ciudad elegante. Con esos edificios franceses que se ven en la provincia de Buenos Aires. Bahía Blanca.

De golpe se dio cuenta de que no había visitado a ningún cliente. Se quedó tieso. El escalofrío lo obligó a tragar saliva. Qué carajo, dijo en voz alta y aceleró a fondo.

Siguió así hasta llegar a Carmen de Patagones y dobló a la derecha, hacia San Antonio Oeste. A los pocos kilómetros, empezó a experimentar lo mismo que antes. La misma sensación de cuando salió de Necochea. La presión en el costado del cuerpo que daba al norte.

Aceleró hasta el límite. Me va a dar un derrame, pensó primero y después en caer al mar. En buscar el mar y lanzarse por el aire con auto y todo.

Dejate de boludeces, atinó a decirse.

Resistió hasta San Antonio y encontró cierto alivio al virar a la izquierda, hacia el sur.

Es eso, se dijo. Al sur, tengo que seguir hacia el sur. Qué hay en el sur. Las Grutas. Podría parar en Las Grutas.

Las Grutas era un lindo lugar para descansar un poco.

Casi enseguida volvió a darse cuenta de que no había visitado a ningún cliente desde Necochea y se imaginó a las dos mellizas rubias sonriéndole y mirándolo. Que se vaya todo a la mierda, dijo en voz alta.

Cuando llegó al acceso a Las Grutas se dio cuenta de que no podía parar allí, a pesar del mar pardo y bajo. De ninguna manera. Aceleró y siguió de largo.

Pero se quedó un buen rato mirando por el espejo la avenida de acceso al centro que se alejaba.

Una camioneta gris que no había advertido lo pasó. Al notarla dio un volantazo hacia la derecha. Después la miró alejarse un tramo, enseguida sintió necesidad de alcanzarla y aceleró a fondo en cuarta velocidad. Recién cuando la pasó colocó la quinta para alejarse hasta perderla de vista.

Ortiz comenzó a manejar con férrea concentración mientras alternaba miradas nerviosas entre los espejos laterales, el central y la ruta adelante.

Adelante estaba el desierto y para eso estaba el desierto. Para atravesarlo. Para huir de atrás

Atrás estaba la cinta plateada de la ruta, siempre pegada a la cola del auto. La cinta de asfalto no la dejaba tranquila a la cola del auto.

Cuando llegaba a Rawson, observó el tablero. Fue un acto inconsciente, fruto de tantos años de manejo. Me quedan dos gotas de gasoil, tengo que parar, no queda otra.

Se detuvo en la Shell y esperó que le llenaran el tanque sin decir nada. El empleado que lo reconocía de alguna otra vez, observaba atentamente cómo Ortiz oteaba el norte y olía el olor del viento.

Cómo va la cosa.

Eh. Ah sí, bien.

Hasta cuando se queda.

Voy al sur, más al sur.

Ahora mismo.

Sí, voy al sur.

El empleado se dio cuenta de que Ortiz no quería hablar. Estos son todos iguales, pensó.

Son setenta. Quiere factura.

No, pago con tarjeta de débito.

Mientras esperaban la autorización de la tarjeta de débito, Ortiz miró el acceso a Rawson y se acordó de Etcheverry. Etcheverry lo había llamado porque quería hacerle un pedido bastante grande. Debería hacer un esfuerzo y quedarse en Rawson para atenderlo, pero al mirar hacia el norte, se dio cuenta de que eso era una locura.

Firmó sin decir palabra y salió enseguida.

A los dos o tres kilómetros el dolor en el vientre lo obligó a detenerse. No soportaba más las ganas de orinar. Cuando se bajó el cierre, la presión en los uréteres no lo dejaban empezar con el desagote de la vejiga. Y Ortiz tensó el rostro hasta que por fin un escuálido chorro comenzó a fluir hacia el polvo calcáreo del desierto. Balanceaba su cuerpo mientras el chorro incrementaba su caudal. La exclamación de alivio no fue larga pero enseguida se concentró en controlar la ruta, apoyado con un brazo en el guardabarros trasero izquierdo.

Nunca había pasado de Rawson y desconocía el camino de allí en adelante.

Voy a tratar de llegar Comodoro Rivadavia. Si puedo paro en Comodoro, necesito descansar en algún momento.

En realidad su fatiga era mucho mayor de lo que él creía y cuando el sol empezó a ponerse, encendiendo la meseta de un anaranjado intenso, tuvo que empezar a luchar contra el sueño. Quizá era porque se sentía un poco mejor. Con la luz más tibia no necesitó controlar tanto sus espaldas. Además el mar estaba al este y de alguna manera era una compañía. Como si viajase con él, a un costado.

Nunca había llegado tan al sur y eso le pareció bueno. Siendo nuevo en un lugar, nadie ni nada lo conocería. Estaba más tranquilo.

Los párpados pesaban toneladas. Hacía muecas para mantenerse despierto. Golpeaba el tablero con las manos. Gritaba y su propio grito lo laceraba, pero sin quitarle el peso del sueño.

Gracias a los oficios de su férrea voluntad y de la buena fortuna, llegó hasta una curva leve, cerca de Comodoro Rivadavia. Allí su entrenado instinto lo hizo aminorar la marcha.

Ya trasponía los umbrales de la inconciencia cuando dejó que el auto se deslizara por el pedregullo de una explanada natural que había sobre la cresta de la curva, hasta detenerse mansamente en el descampado que reverberaba bajo la luz de la luna solitaria. Y el silencio lo envolvió todo.

Enrique Ortiz apenas pudo reclinar el asiento para entregarse enseguida a la invasión de un sueño espeso como el de los narcóticos. Empezó a roncar sin freno.

Soñó lo mismo toda la noche. El sueño de la alfombra desenrollándose indefinidamente. Pero ahora esa alfombra era el mismo asfalto. En lugar del cilindro del rollo en el extremo, había una ola. Una ola que no paraba de romper, y que iba desplegando por detrás la cinta del pavimento. Delante de la ola iba un auto rojizo como la tierra misionera, sucio de polvo opaco y también rojizo. Era un auto viejo y cansado, parecido a un Fiat 1500. En el parabrisas trasero llevaba pegada una calcomanía que en letras de imprenta negras rezaba: ENRIQUE ORTIZ.

No era un sueño angustiante. Era un sueño maratónico. Quizá porque él no se identificaba con el auto viejo. Él era el pavimento, la cinta que se desplegaba, la ola que rompía. Él era esa ola que iba detrás, proyectando al auto hacia el sur.

Durmió alrededor de nueve horas y se despertó con el sol encendido que aparecía a su izquierda, tiñendo todo de rojo. Qué hermoso es, pensó Ortiz. Se acomodó en el asiento, chasqueó la lengua y emprendió la marcha.

Pasó alrededor de una media hora hasta que se detuvo cerca de Comodoro Rivadavia para llenar el tanque y retomar la ruta tres.

Al poco rato divisó un puesto de control policial. La casilla rodante y un policía en medio de la ruta. Otra molestia, otro escollo. Rogó tener la suerte necesaria para que no lo detuviesen. Pero en esa ruta no hay muchos vehículos que escoger. El policía le hizo señas. Ortiz empezó a frenar mientras un gusto metálico se instalaba en su saliva.

Buen día.

Buen día.

De donde viene señor.

De Córdoba.

Y cuál es su destino.

Ortiz permaneció callado mirando hacia delante.

El policía lo miró y repitió con autoridad.

Cuál es su destino señor.

Una alfombra que se desenrolla, una ola que empuja sin parar.

Cómo dice señor, preguntó el policía, con gesto de preocupación.

Ortiz frunció el ceño y entrecerró los ojos.

Voy a Río Gallegos.

A Río Gallegos.

Sí.

Continúe, le dijo el policía sin desearle buen viaje.

Ortiz arrancó y buscó el espacio. Siguió conduciendo ansioso por lo que pasaba detrás y ansioso por ganar terreno.

Faltarían unos ciento cincuenta kilómetros para Puerto San Julián. Había pasado el cruce con la ruta doscientos ochenta y uno que va a Puerto Deseado. Allí fue cuando sintió el sonido aislado y neto de su teléfono celular queriéndole advertir que se estaba acabando la carga.

Fue un golpe. Una señal para hacerlo acordarse de él.

Él era Enrique Ortiz. Él vendía para la editorial, el vivía en Córdoba. Vio la imagen de la cara de su mujer y después la de sus hijos y después la pared amarilla del escritorio..

Entonces gritó. Gritó con todas sus fuerzas “no” arrastrando la o desgarrada.

A dónde estoy yendo, a dónde me estoy llevando.

Clavó los frenos y los neumáticos chillaron. Dio una vuelta de ciento ochenta grados y se detuvo. Miró con rudeza el pavimento vacío unos segundos. Arrancó con la actitud de un kamikaze.

No duró nada. Fue instantáneo. El bienestar fue instantáneo. Algo así como la calma. Una seguridad que había olvidado por completo.

Su mente se puso en blanco y manejaba con toda convicción por la ruta larga y desierta. Enrique Ortiz no pensaba. Solamente tenía certeza.

Condujo así, sin mirar atrás durante aproximadamente una hora hasta que apareció el cartel. Él no conocía la ruta pero, de algún modo, le había sido revelado ese cartel.

Puerto San Julián 20.

Seguro, se dijo apretando los dientes.

Después bajó la ventanilla, tomó el teléfono celular con todo el cuerpo de la palma derecha lo miró un instante y lo arrojó hacia abajo, haciéndolo rebotar contra el asfalto.

Enrique Ortiz caminaba por la costanera haciendo tiempo. Era una costanera sin playa, con un muelle largo. Una costanera rocosa con esa luz apagada del sur nublado. La luz de acero y frío. La luz con silencio. En el muelle amarraban varias embarcaciones para turistas y la avenida de doble mano tenía el tránsito de una ciudad activa. Encendió un cigarrillo y se puso a mirar el mar. Vio que era de un gris muy denso, casi negro y sintió que emanaba frío. Se dio vuelta y observó la ciudad. Ushuaia era una ciudad con todas las letras, más grande de lo que él hubiera esperado. Una ciudad extraña, llena de turistas extranjeros. Una ciudad como de otro país. Toda la Tierra del Fuego era como de otro país.

Hacía una hora que había dejado el auto estacionado en la ruta con la trompa hacia el canal. Separarse del auto le había parecido bien. Algo le decía que no era un abandono, que era necesario. Sintió que habían cumplido su tarea y después de contemplarlo un instante le dio una palmada al capot y se inclinó para besarle la trompa. Después se alejó sin volverse.

Ahora tenía frío y buscó un café donde esperar. Faltaba dos horas para tomar el Terra Australis que iba a Puerto Williams, en Chile. Fue un café largo detrás del ventanal mirando el mar inquieto y pesado. No se dio cuenta de que no tomaba un café así desde Necochea.

Navegaban por el canal del Beagle. Vio los cormoranes y los lobos marinos. Vio otras aves y vio como se alejaba Ushuaia. Se acordó de la alfombra desenrollándose. Pensó que la ola que rompía siempre, terminaba allí. Entonces metió la mano en el bolsillo y extrajo la llave del auto. Le dio un último vistazo para ver si sentía algo. Separó los dedos y la dejó caer por la borda.

Después de eso Enrique Ortiz no sintió que el tiempo se retiraba. Después de eso pasaron cuatro meses.

Hacía cuatro meses que el auto estaba parado en la ruta, inclinado sobre el mar. Cuatro meses sin que nadie lo moviera. Probablemente al principio fuera observado pero después habrá causado molestia ver el deterioro y la soledad de ese auto inclinado. Alguien que vivía enfrente denunció el hecho. El auto no podía seguir allí. La policía lo declaró abandonado y a la mañana siguiente, la grúa de la Dirección de Tránsito saldría para retirarlo del lugar y depositarlo en el corralón.

Puerto Williams era un lugar nuevo. Las casas y las calles eran nuevas. Con algo de provisorio. Con la frialdad de lo provisorio. Se veía que había sido construido en una etapa y que crecía muy lentamente sobre esa base. De eso no se dio cuenta Enrique Ortiz apenas llegado cunado se alojó en la única hostería hasta gastar sus últimos pesos y descubrir la cabaña semiabandonada que había sobre la costa hacia el este.

Los habitantes de Puerto Williams se empezaban a acostumbrar a la presencia del argentino.

El argentino es raro, viene al pueblo una vez por semana, hace cualquier trabajo que haya y se las arregla en la caseta que hay allá detrás del monte, cerca del caserío de los indios, Sí, sí, solamente se puede llegar a pie. Habla poco, dijo que se había retirado allí por necesidad, dijo que el norte, sí dijo eso, que el norte lo había empujado hasta allí. Claro, claro, le contestaron mi señora y Aída, qué le iban a contestar. Parece buena persona y trabaja bien con la madera a pesar de ser argentino. Se vuelve siempre caminando, a media tarde, comentó en el bar un tal Ricardo Rodríguez.

La policía había controlado más al principio, pero no descubrió nada extraño, salvo, quizá, las largas horas en que Ortiz permanecí encaramado sobre el risco observando el espacio, hacia el sur. El pedido de antecedentes había dado negativo.

Todo había estado en orden hasta la madrugada en que llegó el mensaje donde se buscaba el paradero de un argentino desaparecido.

Probablemente fue la falta de uso. Cuatro meses detenido en una pendiente tan pronunciada es mucho tiempo para el freno de manos.

Era noche plena. Sólo velaban las luces amarillas de la ciudad. Hacía el frío de siempre.

El auto comenzó a deslizarse.

Eran unos seiscientos metros. Seiscientos nocturnos metros.

El auto comenzó a recorrerlos en línea recta, primero suavemente, después lanzándose sobre todo su peso, hasta llegar a la curva de noventa grados.

Allí, al final de la recta, la noche vio como levantaba la trompa y desarrollaba una última parábola muda en el vacío, para abandonarse en el mar profundo, al pie del monte. Alguien con sueño muy liviano quizá escuchó el chasquido en el agua.

Cuando el auto comenzaba a deslizarse, Enrique Ortiz sabría los ojos y comenzaba a levantarse del catre.

A la mañana, la grúa al no encontró nada, solo una huella difusa que se alejaba por el asfalto.

Se lo llevó el dueño, dijo el encargado de la grúa. De algún modo se avivó de que hoy lo veníamos a buscar. Debe tener un amigo en la Dirección. Volvámonos.

Esa mañana dos carabineros y dos vecinos encontraron la caseta cerrada por fuera y con la llave puesta en la cerradura. Adentro todo estaba muy limpio y en orden. En la alacena había la mercadería que se deja en las casas que están un tiempo vacías.

Cuando se retiraban, cerraron la puerta con llave, sacaron la llave y se quedaron observando las imágenes que habían pintado en la cara exterior: la silueta de una gaviota en vuelo con un disco adelante que parecía el sol o la luna. La pintura se veía fresca.