Shinto – La Revista del Siglo

El autobús iba por la carretera que cruzaba el campo japonés sin que nada definiera la nacionalidad de esa ruta. Su paisaje se manifestaba suave, contenido, sin estridencias ni excepciones. Sin embargo, era fácil saber que no era una ruta argentina, ni chilena, ni uruguaya, tampoco francesa, inglesa o alemana. En definitiva, una no puede ser la otra —se dijo. Las rutas de cada país son, también, únicas e irrepetibles.

La menuda cinta asfáltica, las curvas y los desniveles tranquilos, los pastos, las parcelas, los árboles, el cielo de un celeste tenue, no terminaban de darle el carácter de ruta oriental; salvo por los dos rostros que comandaban la excursión. Esos dos sí que eran bien japoneses, y habían sido asignados al chofer y a la guía. Los otros veinte repartían sus nacionalidades entre españoles, algún brasileño y dos argentinos. Él se había sentado detrás de la mujer que, en su fatigoso castellano, iba relatando los pormenores, las referencias, las curiosidades de lo que se sucedía en el viaje. Era un tour, claro.

Una cosa no puede ser la otra. Por asociación llegó a un trabajo de un catedrático de la Universidad Católica de Lovaina, J. Pierre Hiernaux, cuyo artículo publicado en Recherches Sociologiques, analizaba nuestro modo de razonar y advertía a cerca de esa especie de ineludible corsé que significa el pensamiento dicotómico. Verdadero – falso, vida – muerte, profano – sagrado, bueno – malo, creyente – no creyente, y así hasta el infinito. Ser o no ser, en definitiva.

El hilo del pensamiento —seguramente por las pretensiones existenciales del momento— lo llevó hasta la Mayéutica, nada menos. Visto está que el tiempo libre, los paisajes, el buen ánimo son condiciones predisponentes a las reflexiones con pretensión de profundidad. De la Mayéutica —no le gustaba la palabra— creía haber comprendido el proceso que él se representaba geométricamente como un zigzag de desarrollo cónico y ascendente. Un cono con el vértice arriba donde los puntos de inflexión correspondían a las proposiciones de los interlocutores. Y así modificaban la idea con cada nueva proposición allegándose, quizás, al cielo dichoso de la verdad. Cuanta retórica, pensó. Todo para que el cielo dichoso de la verdad se aleje como el horizonte. Mayéutica, al fin y al cabo, donde una idea empuja a la otra, para descubrir lo mejor que la razón del día puede.

La razón del día era ir a ver un pueblo tradicional del medioevo japonés y después disfrutar de las termas volcánicas que realzan y hacen fraternal el invierno duro de las montañas.

Correcto o incorrecto, seguía pensando. Verdadero o falso. Creyente o ateo. Y era consciente de que ese juego dialéctico había terminado, muchas veces, con sangre.

En el conflicto el progreso, se dijo. Y ahí nomás, muy próximo, el trajinado ensayo de la prueba y el error.

Mientras estaba enfrascado en esas cavilaciones la guía señaló que lo que se veía por las ventanillas del lado opuesto era un templo sintoísta. Recordó, entonces, un viaje a la Capital Federal que había hecho con un buen amigo cuya cultura era amplia y delirante. Él contestaba a ciertas inquietudes suyas respecto al Sintoísmo o Shinto.

—Es un culto, animista diría, que difunde lo divino en todas las cosas. Imaginate un bosque, en el bosque el árbol más sano, más frondoso, en fín, más glorioso, bueno, ahí en ese árbol, está el Dios del Árbol.

—Claro, confirmó. Representa la mejor idea del árbol, quizás la más próxima a la idea platónica del árbol. Pero esto está más cerca de la tierra y algo lejos del cielo. Como nosotros. ¿No te parece?

—En el Shinto yo soy el Dios del Hombre, pero aún no me lo reconocieron. Pienso que para que se den cuenta voy a tener que ir a Japón. Vos que vas ahora con tu hijo, avisales, le dijo mientras seguían dando cuenta de la rectitud de la autopista.

No era así de recta la ruta en el tour japonés, ni así de ancha. Un carril de ida y otro de vuelta, nada más que eso. El pueblo no quedaba cerca del trazado de las autopistas donde la fuerza de propulsión es más el reloj que el combustible. Decidió informarse de primera mano con la guía que, seguramente, sería más atinada que su amigo.

—Dígame Yuriko, ¿aquí se profesa el sintoísmo?, le pregunto utilizando la palabra que responde mejor al castellano

—Sí, aquí se practica mucho el sintoísmo, le contestó, madura y esforzada, la mujer.

—¿Qué porcentaje de la población lo practica?

—El ochenta por ciento, más o menos.

—Yo tenía entendido que el Japón era, más bien, budista.

—Si, el Japón en muy budista.

—Pero ¿no me dice que el ochenta por ciento es sintoísta?

—Sí.

—¿Y cuánta gente practica el budismo?

—Más o menos el ochenta por ciento.

La miró porque pensó que no estaba entendiendo. Trató de asegurarse de que seguían hablando en castellano.

—Es imposible, ―contestó didáctico― si el ochenta por ciento practica el Shinto, los budistas no pueden representar el ochenta por ciento, serán, a lo sumo, el veinte.

—No, no. Para las cosas domésticas, las cosas del día a día, la gente practica el Shinto y para las cosas más elevadas, más espirituales, la gente profesa el budismo. Hay muchos, personas jóvenes, sobre todo, que no creen en nada.

El autobús seguía circulando tranquilo. El paisaje no era el que se había representado desde los textos japoneses, o sí. Reflexionó por un buen rato. Después sonrió, y se puso a pensar en la cara de enojado que tenía Sócrates.

 

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