El Country

El pasto reverbera en la luz azulada del farol. Como bajo una luna llena de invierno. Hay bruma sobre la pileta. La música va desgranando su ritmo sin que traspase el ventanal que da al parque de césped cuidado. Con el volumen apenas necesario para que, enfundada en sus calzas púrpuras y su malla azul calada sobre los glúteos bien redondos, ella haga su rutina mientras sus hijos duermen la profundidad de un amanecer aún lejano.
Juan Marcos también duerme como un tronco. Gabriela es siempre igual en la cama. Incansable. Nunca conoció alguien así.
Gabriela, insomne desde el primer día, repite su gimnasia. Y después, echada en el sillón del patio de invierno, comienza por acariciarse suavemente. Con una delicadeza llena de intención que termina con su cuerpo tenso y un grito apenas ahogado.
Sólo ella puede hacerlo así. Hasta que llegue la madrugada y también el desayuno y los despertares. Primero el de su marido con un roce alargado de labios y luego el de sus hijos. Máximo que es más remolón y entonces Clara que habla tan poco.

 

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